En mi jardín hay
esas palomas que suelen venir a comer el pan y otros granos que dejamos para
que los pájaros vengan a comer. A inicio eran unas dos, tres, ahora son una
decena o más. Vienen y comen todo, dejan casi nada para los otros pájaros, y me
ponen los nervios de punta.
A veces pienso
que la solución sería matarlas. A todas. Envenenarlas. Hice un plan, las
mataría con veneno para ratas, de esos que se venden en las jardinerías y que
matan a los animales lentamente, sin que se den cuenta. Colocaría los granos en
el suelo y les dejaría comerlos. Inadvertidas. ¿Cómo osan tomar lo que no es
suyo? ¡Me las pagan! Pero no, no tengo coraje. Tan inocentes, matarlas así
sería un acto traicionero.
¿Qué hacer para
que se vayan? Si no dejo más comida, al fin las palomas no vendrán más, pero
tampoco los otros pájaros, los que me gusta ver. Tal vez deba afrontarlas
directamente, cazarlas, como si fuera un animal. Usaré una caña de pesca, con
pan en el anzuelo, cuando engullan el cebo, estarán presas al hilo y no podrán
escaparse. Las recogeré con mis manos grandes y desnudas, ellas con pánico,
corazoncitos disparados, jadeantes, y les torceré el cuello, rápidamente. Crac.
Fin. Y eso les haré una a una.
Lo pensé, lo
sentí, y concluyo que no puedo hacerlo, no soy un ogro. No quiero matarlas,
sino que se vayan. Que coman y se multipliquen, pero lejos. Que me dejen a mí
con mis otros pájaros.
Pero lo sé, está
claro, no se irán. La comida está ahí, voy a darles los granos con raticida.
Van a comer y pagar por su crimen.
Así prosigo
planeando, y en momento dado me pregunto. ¿No como yo mismo los mismos granos
que comen los pájaros? Y me quedo sin respuesta.